El Museo de la Inmortalidad

Cruzando el umbral, mediante una placa virtual puede leerse en todo idioma conocido:

En el intento 357,426 la humanidad dejó de buscar la inmortalidad.

El intento 93,110 se vislumbraba la dificultad de tal empresa, por no decir su imposible realización. Pero la humanidad era joven y entusiasta.

Por allá del intento 104,927 ganamos nuestros primeros 20 años extras en el promedio mundial de esperanza de vida. Estos primeros resultados reavivaron el entusiasmo en las investigaciones significativamente. Pero fue hasta el intento 185,222 que se obtuvieron resultados incuestionables: esta vez se agregaron 100 años más al promedio de vida.

Aquel logro dio, en su momento, un verdadero respiro a la humanidad después de haber perdido dos tercios de la población mundial con la última guerra y la terrible situación generalizada a raíz de ésta. A su vez, los avances en la medicina agregaban aproximadamente un par de años más de vida al promedio cada década.

Para el intento 263,521 la humanidad ya contaba con 300 años en el promedio de vida y con una excelente salud hasta por los menos los 270. El tiempo, al dejar de ser un recurso tan limitado, afectó la dinámica social de todos los asentamientos humanos interplanetarios, aunque de un modo gradual, claro y perceptible solo como el pasar de los milenios.

Después del intento 349,488 los intentos de buscar la inmortalidad comienzan su declive más importante: la muerte había dejado de ser el concepto atemorizante  que fue en los albores de la humanidad y la inmortalidad pasó a ser algo no tan anhelado. Y ya que, por esos tiempos, las necesidades básicas de todo ser humano estaban completamente cubiertas, se volvió una generalidad considerar que, ya alcanzados 400 años en el promedio de existencia humana, este era un tiempo más que adecuado para tener una vida plena y suficiente.

Quedaron entonces escasos académicos que quisieran realizar investigaciones para alcanzar la, considerada así en ese momento de la historia de la humanidad, “inútil inmortalidad”. Fue el noble Unshō  Hohenheim, líder de la poderosa, milenaria y honorable familia  Hohenheim del planeta Ómicron, el autor de los intentos 357,425 y 357,426.

En el intento 357,425 Hohenheim descubrió que era imposible llegar a la inmortalidad. El intento 357,426 fue una repetición del mismo experimento ante grandes eminencias de la comunidad científica para hacer público el descubrimiento y demostrar de manera contundente que era imposible llegar a la inmortalidad. Y ya que este descubrimiento hizo aún más notable a la familia Hohenheim, ésta tomo en sus manos la tarea de enlistar y documentar todos los intentos anteriores para alcanzar la inmortalidad, tarea que tomó unos cuantos milenios. Titánica empresa que tomo algunos milenios a pesar del entusiasmo y los recursos invertidos por la familia. Toda la información y evidencia fueron puestas en un solo lugar con acceso al público interplanetario en el ahora llamado “Museo de la Inmortalidad”.

picsart_04-20-02.41.11.jpgPor: Diana Echevarria

El punto es…

que estoy en el punto,
a punto de decidir hasta qué punto

tengo que poner esos puntos sobres las “ies”.
 
No me hace falta un punto de partida,
quiero otro punto de vista.

o más bien, un punto de fuga.
 
Podría simplemente poner punto y aparte.
Pero regreso al mismo punto.
 
En este punto perdido y desorientado,
quiero recorrerte punto por punto.
 
Quiero perder la razón, el aliento y el corazón.
…Sólo hasta cierto punto.
Quiero tenerte… y punto.
Autora: Diana Echevarria
Corrección de estilo: Silvana Melara

El bosque

busa

Era una serie de callejuelas, casuchas y lugares abandonados, un barrio de la ciudad. Lo apodaban “El bosque” por todo lo que podía ocultarse ahí. Buena gente y mala gente las veían pasar, siempre eran diferentes y siempre era igual, unos días si, varios días no, pero siempre tenía que ser una niña pequeña atravesando “El bosque”, del sur hacia el norte y jamás de regreso. No era una banda de tratadores de blancas la que llevaba a las niñas a atravesar “El bosque”, eran todas. No tardaron mucho en nombrarlas “Las caperuzas”. La paga era buena, sin importar si las llevaba la banda de “Los leñadores” o “Los enanos”. Las pandillas no peleaban por “El bosque”, porque también le tenían miedo. Nadie conocía al que pagaba por las niñas, ni nadie quería conocerlo. Al patrón, al del dinero, lo apodaron “El lobo feroz”, era una broma cruel, pero como no se volvía a saber nada de ellas, era un apodo muy apropiado, quién podría asegurar sino se las comía.
Escrito por Diana Echevarria

Ilustración por Cory Godbey